Mateo Lejarza

En momentos de incertidumbre generalizada, las naciones no solo se defienden con estrategias económicas o militares. También lo hacen desde su cultura, su memoria histórica y su capacidad de imaginar futuros propios. La creatividad, entendida como la posibilidad de transformar la memoria en visión y la identidad en proyecto colectivo, se convierte entonces en una forma profunda de resistencia cultural y soberanía.

La política de la administración Trump en 2026 se define por una “Estrategia de Máxima Presión” que ignora el derecho internacional para priorizar la seguridad y proyecto nacional de Estados Unidos mediante la intervención directa. Desde la captura de figuras clave en Venezuela y el asedio económico a Cuba, el respaldo total a la ofensiva en Gaza para anular la solución de dos Estados y el ataque en alianza con Israel contra Irán, Washington busca avanzar en su propósito y desmantelar cualquier eje de resistencia global. Esta dinámica se extiende a la manipulación de procesos electorales en el Cono Sur, la presión sobre la Unión Europea para forzar un alineamiento con la extrema derecha transnacional y las amenazas  de anexión para Groenlandia y Venezuela.

En el caso específico de México, la presión ha trascendido lo diplomático para convertirse en una amenaza a la soberanía territorial. Al designar a los cárteles como organizaciones terroristas y al fentanilo como arma de destrucción masiva, Estados Unidos ha construido el andamiaje legal y discursivo para justificar incursiones militares unilaterales y operaciones de inteligencia con personal de distintas agencias y drones en suelo mexicano. Esta en el aire la narrativa de “Estado fallido” que se utiliza para condicionar la relación bilateral, sugiriendo que solo con la intervención de EEUU y de un cambio de enfoque o de régimen garantizaría la seguridad de la frontera estadounidense. El T-MEC y el nearshoring han dejado de ser únicamente herramientas de desarrollo para convertirse también en mecanismos de presión económica, donde la integración está supeditada a que México acepte formas de supervisión coercitiva que limitan su autonomía política y su libertad de asociación comercial.

Frente a esta embestida, surge una mexicanidad que se reconoce en la síntesis entre el Códice Badiano y el misticismo de San Juan de la Cruz, entrelazando la sabiduría de la tierra con la resistencia del espíritu. El Badiano no es solo un catálogo botánico, sino el testamento de una raíz que cura y persiste; una herbolaria de la dignidad que florece incluso en la “noche oscura” del alma y de la política. Esta identidad se vive como una soberanía espiritual: la convicción de que la esencia de México no se negocia ni se fractura con drones o algoritmos, pues reside en esa “llama de amor viva” que es la memoria histórica y la capacidad de sanarse y reinventarse a sí mismo desde la raíz de su propio suelo.

Pero esa resistencia no se limita a la memoria. También se expresa en la creatividad como capacidad de imaginar caminos propios de desarrollo, pensamiento y futuro. La creatividad mexicana aparece aquí como una fuerza cultural que conecta el conocimiento ancestral con la innovación contemporánea, permitiendo transformar la tradición en posibilidades nuevas. En ese sentido, la creatividad no es un lujo estético ni un elemento decorativo de la identidad nacional: es una herramienta estratégica de supervivencia histórica.

Esta síntesis de conocimiento no es solo un refugio melancólico, sino la base de una fuerza de cohesión científica, cultural y política que se proyecta hacia el futuro como un ámbito de pensamiento propio y soberanía real. Al rescatar la precisión taxonómica del Badiano y fundirla con la profundidad humanista, México reclama el derecho a definir su propia modernidad. Esta “ciencia de lo natural” propone una biotecnología soberana y un sistema de pensamiento descolonizado que se alza como el muro más alto contra la intervención o la anexión.

Asumimos la certeza de que un pueblo que posee el mapa de su propia naturaleza y la mística de su resistencia es, por definición, ingobernable desde el extranjero. Es el tránsito de ser un peón en el tablero global a convertirse en un sujeto histórico que genera sus propias soluciones tecnológicas, culturales y espirituales para los siglos por venir.

La verdadera soberanía no comienza en las fronteras, sino en la conciencia de una nación que reconoce el valor de su cultura, su conocimiento y su capacidad de imaginar su propio futuro.

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