El Mirador, los personajes del campamento (parte II)

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Por Gastón Melo.

Es El Mirador un campamento de grandes figuras. Hay en el más modesto de los trabajadores, como en el más encumbrado arqueólogo, un personaje Mirador. Cada uno allí forja su mascarón personal, como si se tratara de individuos que continúan la historia y el linaje del sitio.

Una tarde, antes de tomar el camino a La Danta, la más alta edificación de la cultura maya, nos cruzamos en el escarabajo eléctrico de Richard Hansen (el gran arqueólogo que desde hace 40 años interviene en la zona) con un grupo de israelitas que visitaban el sitio y que habían emprendido el camino a pie desde la población de Carmelita, último poblado a donde se tiene acceso por transporte terrestre de motor y desde donde parten los tours hacia distintos puntos de la cuenca.

El guía, como todos los que tienen acceso a la zona, es conocido de Richard, quien lo interpeló para que le presentara a su grupo:

—¿Con quién vienes ahora?, pregunta.

Los israelitas reconocen a Richard, quien comenzó con ellos y para mí un corto, pero importante diálogo que me permite conocer aspectos insospechados de su vida. Aprendí que fue profesor en la universidad de Tel Aviv en Israel en la que se desempeña como especialista en arquitectura monumental.

—¿Sabe usted que en Israel no se puede construir nada sin el permiso de un especialista en arqueología?, dice uno de los viajeros.

A lo que Hansen responde:

—Desde luego, yo enseñé en la Universidad de Tel Aviv.

El corto diálogo es suficiente para reforzar el interés de los visitantes.

Más tarde Richard me contó que tiene dos hijos médicos, uno de ellos egresado de la Universidad de Tel Aviv en Israel y el otro de Johns Hopkins. Además de sus hijas que, aunque ocupadas en otras especialidades, dicen haber crecido en esta selva haciendo trabajos de arqueología, ayudando a su padre con tareas específicas, pequeñas a veces, y minuciosas siempre.

Pasamos un par de horas de la tarde en mi tercer día en la cuenca, sentados en torno a una excavación cerca de la acrópolis de El Tigre, él con su hija y otro trabajador, haciendo listados y yo observándoles hacer un trabajo delicado de clasificación de restos de alfarería recogidos en distintos niveles de profundidad y en distintas zonas de un mismo rectángulo de unos 20 metros cuadrados, reticulado en un mapa sencillo y preciso en el que cada alveolo marcaba una profundidad y una zona del rectángulo.

Las piezas en conjuntos de unos 350 a 500 gramos se fueron disponiendo en bolsas de plástico, perfectamente referidas para enviarse después a un almacén de la capital de Guatemala, donde son resguardadas y donde pacientes esperan una nueva generación de arqueólogos que poseen nuevas técnicas para estudiar su reconstrucción y referenciación. Esa es arqueología generosa, responsable sostenible y prospectiva.

Durante ese par de horas en donde procuré reducir al mínimo mi presencia para convertirme en un observador lo más invisible posible, aprendí de la relación familiar, del respeto, de las precisiones del maestro a las muy profesionales clasificaciones de la hija, politóloga por decisión propia y arqueóloga por condición familiar gozosa e irremediable. La joven Hansen, de unos 40 años, ha pasado en el sitio todas las vacaciones de su infancia y juventud.

En un montículo contiguo cuatro nietos de Richard trabajaron afanosos con una paleta de albañil y una criba de metal, estaban en búsqueda de vestigios de alfarería, son la nueva generación de Hansens en la cuenca. Las poco más de dos horas en esa intimidad familiar lo son también en lo más profundo del trabajo arqueológico.

Recuperada mi presencia, Richard me convidó a un nuevo recorrido, subiríamos esta vez a la cima del Tigre, desde donde conversando la vida personal y los destinos mayas, aguardaríamos más de una hora la puntual, rigurosa irrenunciable y distinguida siempre puesta de sol en el íntimo horizonte de la cuenca. Vimos hacerse nítidos las líneas de algunos sitios en torno a éste tan real como inimaginable paisaje donde hace dos mil quinientos años vivieron millones de personas, con ciudades perfectamente establecidas, sacbés y avenidas amplísimas que comunicaban a toda la región. Zonas de sembradíos de maíz, calabaza, pimienta, achiotes, chile, ramón y muchas otras especias, plantas y leguminosas, aguadas, caleras, areneras y canteras.

Hoy esta mar selvática, a veces impenetrable, donde incluso –como lo señala Hansen– se es parte de la cadena alimenticia, floreció una extraordinaria civilización que gestó conocimientos complejos, tuvo una literatura expresada en dinteles, estelas y otros materiales que han prácticamente desaparecido. Es en el entorno en que hoy se encuentran los desarrollos urbanos, las carreteras, las poblaciones, ciudades, ranchos, aserraderos, donde se desarrollaba una selva similar a la que observamos y de donde provenía el sustento cinegético; donde crecía el imaginario, la mitología.

Allí, aminorados por la inmensidad, Richard me reveló un aspecto poco recurrido en las descripciones cuidadosas que aborda en la rendición de cuentas sobre sus trabajos e investigaciones. Quizá porque no le pertenece ese conocimiento, no por tanto deja de asombrarle. ¿Qué hay? ¿Qué han legado estos 20 siglos en que la naturaleza se impone sobre la cultura? Me descubrió así, que uno de sus hijos, el médico graduado en Johns Hopkins, aguzado por su diferencial perceptivo, su sensibilidad a la naturaleza y sus capacidades específicas, se invierte para estudiar los principios bioquímicos del sistema herbolario, plantar y arbóreo de la zona.

Algunas moléculas aún sin sintetizar le parecieron sorprendentes. Las hipótesis se multiplicaron, tratamientos contra enfermedades raras, ciertos cánceres y formas de diabetes. Los temas comenzaron a platearse seriamente, algunas iniciativas nacieron de estas hipótesis y aunque relativamente lejos de concretarse en el acelerado tiempo humano de hoy, en la dimensión maya de las cosas, el momento de inflexión aparecerá sin duda con su carga de significación y su claridad en la interpretación de los datos. Así lo hicieron sacerdotes, sabios y gobernantes durante siglos cuando se transmitían el resultado de sus observaciones astronómicas. Queda aguardar la respuesta de la dura realidad y materialidad que se apunta en los intereses de los laboratorios y la industria médica.

La educación en el campamento de El Mirador es parte de la vida y se da a todos los niveles. Cada vez que se instala el campamento una o dos veces por año y por períodos de tres, cuatro y hasta cinco meses, los arqueólogos y especialistas presentan bajo la batuta de Hansen, las características y retos de cada misión.

Los resultados del trabajo en laboratorio con las pruebas de Carbono 14 para la datación de algunas piezas de alfarería, huesos u otros elementos encontrados, la reconstrucción de elementos arquitectónicos desarrollados con sistemas intuitivos de AutoCAD, avances de las investigaciones satelitales con técnicas de Lidar (Laser Imaging Detection and Ranging) para detectar estructuras artificiales internas en los cerros o muuls, en las zonas de alta densidad arqueológica, y la presentación de retos específicos de la misión y la actualización de los acuerdos gubernamentales.

Una vez cumplida esta horizontalización de la información, esencial para el tono de la misión, aparecen otros aspectos en la educación. La alfabetización de los adultos participantes, la formación de los niños que acompañan a los padres en la faena y la complementación para instruir en materias básicas, especializadas, complementarias del trabajo de los profesionales de distinta orientación y todo esto a través de una acción de voluntariado que si bien ennoblece, constituye y se siente parte simple y esencial del trabajo.

El campamento de El Mirador suele tener unos 500 trabajadores en activo, sin embargo, por las actuales condiciones de pandemia, el número se ha reducido a poco menos de la mitad. El grupo está lleno no sólo de personalidades profesionales especializados en diversos campos, sino de personajes: cartógrafos, arquitectos, botanistas, entomólogos, médicos jóvenes también, que aseguran la aplicación constante de pruebas de despistaje de COVID, y que han encontrado algún brote asintomático y sectarizado en consecuencia a los trabajadores mientras pasan la cuarentena.

El piloto del helicóptero, habiendo viajado tantas veces con Richard para hacer reconocimientos en la zona, se ha convertido en un experto guía de turistas. Joe es un fotógrafo de Quetzaltenango que dejó feliz recientemente la administración de su hotel por seguir el llamado arqueológico; es ahora el encargado de registrar las actividades y efemérides del campamento.

Gustavo Martínez es arqueólogo de la Universidad de San Carlos de Guatemala y codirector o director nacional, como me lo refirió Adelfo, el asistente y predilecto de Richard.

La cocinera Mari prepara exquisitos frijoles, algunas tortillas, a veces hornea pan mientras deja que todos consientan a su pequeño hijo Dylan, un chamaquito de 6 años que se siente –y con razón– duende y dueño del sitio.

Lorena es una estudiante de doctorado en Arqueología, trabaja afanosa durante el día en campo y por las noches en el laboratorio tratando de descifrar en el autoCAD el sentido de una singular edificación que explora junto a la Danta.

Algunos trabajadores viejos hacen, con sabiduría y buena práctica, con delicadeza y con orgullo de exploradores, las zanjas que más tarde habrán de ser intervenidas por los arqueólogos. Ellos fueron ya mordidos en la vena mayera, como los jóvenes trabajadores que con sus seculares técnicas y sus pantalones modernos hacen los mismos milenarios gestos de los primeros constructores.

Anaité es la maestra que garantiza la educación en los niños. Estudió arqueología griega en Suiza y habla un poco el quiché, mastica el alemán, se da a entender en francés y trabaja en ocasiones en inglés; es alegre, sencilla, curiosa y profesional en su apasionada actividad. En el laboratorio conocí a una suerte de relojero, clasificador de piezas del silencioso eficaz, nocturno viejo y buen observador.

La arqueología no es una ciencia exenta de política. Todavía entre los médicos, a regañadientes a veces, se respeta el código ético que sugiere no criticar al colega –salvo en caso de negligencia o peligro vital–. En arqueología la regla no sólo no existe, sino que en ocasiones parece exacerbarse en sentido opuesto.

Siendo Hansen un extranjero, un “gringo”, las críticas de algunos arqueólogos guatemaltecos ideologizados, es práctica cotidiana. Un caso particularmente beligerante es el de Francisco Estrada Belli, cuyas publicaciones no sólo son críticas, sino flagrantemente mentirosas con respecto al trabajo del grupo de arqueólogos encabezado por Hansen y que trabajan en la zona.

Una publicación reciente de la revista Antropology News tuvo que ser desmentida con sorpresa por José Luis Chea Urruela, ex Ministro de Cultura que preside el Alto Comité para El Mirador en el Congreso guatemalteco. Acusaciones de racismo y genocidio aparecen en la nota sorprendentemente publicada por la mencionada revista, y si bien no vale la pena revisar la débil argumentación del articulista, sí cabe aquí poner de manifiesto la fragilidad de las superestructuras que acompañan los procesos de salvaguarda y proyección del biotopo Mirador/Calakmul.

Como una forma para blindar estos problemas, Richard Hansen sugirió en nuestra conversación la importancia que tendría un ejercicio binacional de protección y vocacionalización del sitio hacia un turismo sostenible que procurara trabajo a las comunidades y protegiera la zona de predadores madereros, chicleros, narcotraficantes, ganaderos abusivos, políticos corruptos y agentes de lavado de dinero.

Dejar a un lado las querellas arqueológicas que también existen en el campo binacional e internacional y trabajar en programas de infraestructura que faciliten empleos. Actuar de modo que pueda acudirse armónicamente a Guatemala, Belice y México ante las autoridades internacionales, las agencias de cooperación, la banca mundial y las empresas sensibles e interesadas para intentar intervenciones sustantivas que contribuyan a proteger, dinamizar y hacer sostenible la región. El Tren Maya puede convertirse, en este sentido, en un ejemplo de buena práctica. Ideas no faltan, recursos tampoco, voluntad es el recurso que se clama.

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