México: como lazo de cochino

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Por Gastón Melo.

Hace algunos años, siete quizá, peregrinando en una librería de París, durante el literario mes de septiembre, adquirí un texto interesante, no uno de los ineludibles de la rentrée littéraire; preferí, por razones de mexicanidad, el texto de Dominique Fernández sobre su papá.

Ramón, así, solito el nombre, lleva por título del libro de Dominique Fernández, un ineludible de la escena literaria pero también ideológica de Francia. Por sus mil quinientas páginas, Ramón, sobresalía en el estante que le mostraba al lado de otras obras menos voluminosas.

Dominique Fernández es hijo de Rhammon Fernández (pronúnciense con la erre gutural francesa) y nieto de Ramón Fernández, quien llegó a París en misión diplomática como Ministro antes de la Exposición Universal de 1889 y luego permaneció como Embajador durante los últimos años del régimen de Porfirio Díaz. Dominique es hijo y padre de Rhammon, su hijo es actualmente alto ejecutivo de la compañía de telecomunicaciones Orange y antes alto funcionario de François Hollande, como secretario del Tesoro.

Debo decir que el nombre de Dominique Fernández es en Francia un nombre bastante común de la escena literaria, sus posiciones frente al tema de la homosexualidad, su agregación de italiano y su lugar en la Academie Française le hacen ser un ineludible en las referencias literarias de los últimos 50 años.

Es sobre su padre Rhammon que versa el libro en cuestión y cuyo propósito último es señalar que habiendo sido miembro del Partido Popular no fue un colaborador de los nazis y del gobierno de Vichi.

El recuerdo de esta lectura toca mi consciencia ahora que percibo en México las “broncas” entre apocalípticos e integrados –para ponerlo en el lenguaje de quien interpretara para mi generación los tipos humanos más allá de sus posiciones ideológicas–. Acusados los unos de intelectuales orgánicos y los otros de diletantes ideologizantes sin fundamentos duros.

La lucha de los pensadores es una más en el querellado paisaje social de la nación mexicana, pero es una, sin embargo, que por su densidad influye y lastima. Ya veremos si hace crecer… ¿Dónde están –me decía un amigo hace poco– los intelectuales mexicanos de menos de 50 años? Los viejos están muy peleados, requiere México exhibir, aforar, escuchar, porque los hay, una nueva generación de intelectuales.

En escena hoy; la más que mediatizada, enredada, viralizada ensayada e histriónica vuelta de Ricardo Anaya a la escena política, como factor que emerge para contrarrestar quizá, el efecto de acallamiento al proto-partido calderonista y su inflado buenísmo de cada vez más dudosa pulcritud.

También, nuevas-viejas voces como la de Quadri o Muñoz-Ledo que en su postrera condición de vida aplica un lenguaje que parece decir que envejecerá cuando se le dé la gana y regaña donde más les duele, tanto al canciller Ebrard como al hombre eco en que se ha convertido tristemente Mario Delgado.

Comparsa también, un extraño movimiento animado por una clase media urbana que extraña el arribismo posible y se deja seducir por luchas que les huelen a complejidades que no terminan de entender, sustentan la vacuidad de FRENAAA, liderado por el extraño Gilberto Lozano, formado en las filas industriales regias y nuevo pretenso caballo de Troya para inspirar gobernanzas a partir de 2021.

En el telón de fondo, sólo dibujados aparecen las etnias cada vez más despiertas, aunque infinitamente divididas y, por tanto, sin una identificación otra que la de sus intérpretes –quienes les dibujan– y que por lo general terminan utilizándoles y construyendo su propio discurso muchas veces útil en la escena internacional.

Y los técnicos armados divididos en dos bandos, donde el bueno-oficial aparece generalmente vencido por un malo sensible, se conflagran. Asistimos hoy al peligrosísimo escenario de la balcanización de los cárteles, que se asumen en pequeñas bandas de barrio con códigos de alta identidad y represiones terribles cuando sus miembros no cumplen sus cuotas. También a la fragilización del federalismo y la aparición de bloques que realimentan la fragmentación del país y por si fuese poca cosa están, además, los constantes rumores de división en los mandos castrenses y policiales.

Todos estos elementos contribuyen al calentamiento de la escena política y, sin embargo, esta animación sigue teniendo como interlocutor a un elector-espectador que continúa su rumbo diletante sin tomar el camino de la conciencia crítica y sigue militando en ideologías, dejándose maicear y engañar con formas irremediablemente retóricas.

Mientras, la reputación del país decrece y, como hemos ya anotado en este medio, la imagen del país ha pasado de ser grande a ser primero chica y ahora mala y en crecimiento. Es complejo el tema de la reputación, no basta una buena decisión, una noticia aislada, un dato positivo para cambiar el perfil de un país. La competencia mundial es tan feroz que el menor error de una plataforma política es ensanchado por las poderosas comentocracias en el mundo para argüir en favor de otras realidades.

La era post Covid-19 es un nuevo rasero para todos y quizá hasta una oportunidad para hacer un replanteamiento profundo de nuestra condición de país, aunque en las condiciones actuales es difícil ver la luz al final del túnel.

El país está sansebastianizado, por todas partes se le agrede; su gobierno, sus gobernantes, sus industriales, sus intelectuales, sus bandas criminales y su pueblo embrutecido con remesas, alcohol, narcoeconomías y miopes clientelismos políticos están agrediendo a México y deteriorando gravemente su viabilidad.

En el fondo es un problema de “querencias”, no sólo no hay reciprocidad en los afectos, no hay filiaciones francas, solidarias, sostenidas. Las élites, que suelen ser la guía para alumbrar los caminos, son en nuestro país muy poco meritocráticas. Los industriales heredan o pactan, los políticos se corrompen o dejan pasar, los intelectuales hacen tareas para terceros y se convierten, muchos, en artesanos a sueldo de poderes que les cooptan. Y en cada gremio una querella, entre industriales porque los que pactan discriminan, porque los grandes quieren conservar sus “ranchos”, entre políticos porque poco se mira al interés superior y mucho al propio peculio y la propia cuota ideológica y de militancia, las etnias se desconocen y están tan desunidas como en el siglo XV y un largo y ocioso etcétera.

Imaginar un país y comprometerse a construirlo a la luz de la inteligencia histórica y un horizonte trazado por profesionales sensibles que sepan avanzar en el continuum que va dese la labranza de la tierra a la labranza del espíritu es muy difícil y no asunto de un sexenio, menos de una ideología, la tarea debe emprenderse con confianza en las superestructuras de meritocracia, legalidad e inclusión.

La ingeniería social que requiere México es una donde se asuma el valor de sus recursos, se pondere y resuelva en conjuntos, la complejidad del mosaico psicosocial, una ingeniería que abra espacios para que se ventilen las llagas históricas y sus consecuencias; una donde se entienda y se explique nuestra posición geográfica, se promueva la movilidad regional y el momento de México en la globalización. Un ejercicio de similitudes con la región en que nos identificamos. Se requiere activar una vocación de lectura nueva de la realidad para constituir una idea el Ser mexicano. México es factible, pero falta hacerlo posible. Mientras, el segundero de la historia no deja de avanzar.

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